4.7.12

LOS IV JUEGOS OLÍMPICOS: LONDRES 1908

Espacio editorial del Mgter. Lic. Alberto Moro, director de Museo del Deporte "Pierre de Courbertin" (La Falda - Córdoba).

En su tercera presentación:
LOS IV JUEGOS OLÍMPICOS: LONDRES 1908




Informe del Museo del Deporte “Pierre de Coubertin” en su 25º Aniversario 
LOS IV JUEGOS OLÍMPICOS: LONDRES 1908
Por Alberto E. Moro
             
Ante la proximidad de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, no está de más hacer un poco de historia recordando que, con la que se avecina, Londres se convertirá en la única ciudad que ha sido sede olímpica en tres oportunidades, hecho en el que nadie parece haber reparado hasta el momento, al menos por lo que se lee en los diarios.


Ya en los comienzos de 1903 había gestiones concretas para que Roma fuera designada sede de los Juegos Olímpicos de 1908, con el desacuerdo de Milano que se consideraba la única gran ciudad italiana, y de Torino que también pretendía el evento. Según expresiones de Pierre de Coubertin, “los juegos de Milano y Torino serían vulgares y no servirían para nada a la causa” del olimpismo. El deseaba a Roma “porque allí solamente, de regreso de su excursión utilitaria a América (1904), el Olimpismo se revestiría con una toga suntuosa, tejida de arte y de pensamiento, tal como yo la quise revestir desde el principio”. Adhesiones posteriores de un príncipe intendente de la ciudad, de la Casa Real, y de diversas instituciones, traslucían la certeza de que Roma sería la elegida.
En 1905, Pierre de Coubertin viaja a Italia, con la doble finalidad de confirmar la celebración en Roma de la IV Olimpíada, y aventar en el Vaticano ciertos prejuicios existentes en los medios clericales acerca del valor pedagógico del deporte. El éxito convincente de ese segundo objetivo, no ocultó el “enfriamiento” de la candidatura de Roma, por razones que nunca quedaron bien claras y sobre las cuales se prefirió un “silencio prudente”, al decir del propio Coubertin, quien llegó a expresarse de esta manera: “discretamente, el telón descendió sobre el decorado del Tíber para levantarse luego sobre el Támesis”.
Los prolegómenos  estuvieron signados por discusiones acerca del status étnico de los países centrales y de los nativos de las colonias, así como sobre la situación de los protectorados y regiones separatistas de distintos países, y por otras cuestiones menores, como los planteos provocados por la difusión del sistema métrico decimal, y la determinación de los logros atléticos en metros o yardas. Adoptándose el primer criterio, esto no afectó demasiado a los atletas, pero muchos ingleses lo sintieron como una humillación nacional.
Con gran pompa, los juegos fueron inaugurados el 13 de Julio de 1908, en presencia del rey y la reina de Inglaterra, los príncipes y princesas de Suecia y de Grecia, y el cuerpo diplomático de numerosos países. Diez y nueve banderas nacionales, seguidas por casi dos mil atletas vestidos con sus ropas deportivas, salvo los norteamericanos que se negaron, dieron forma a un imponente desfile, costumbre que se incorporaría más adelante definitivamente en la apertura de todos los Juegos Olímpicos subsiguientes. Todo este solemne boato, cumplido en el marco imponente de un enorme estadio construido especialmente para la ocasión, en el que había plataformas de lucha, tiendas para esgrima, pista de atletismo, espacios para gimnasia, y hasta una piscina con un ingenioso mecanismo que elevaba desde el suelo la estructura de saltos para trampolín, haciéndola desaparecer en otras pruebas para que no perjudicara la visión panorámica de los espectadores.
Los Juegos Olímpicos iban alcanzando la mayoría de edad a pesar de la lluvia casi constante, y dado el esfuerzo de los británicos, la fiesta hubiera sido completa de no mediar las discusiones, antagonismos y desavenencias propias de todo emprendimiento humano.  En especial fueron notorias las actitudes disolventes de los norteamericanos, que apuntaban principalmente al otro país anglo-parlante como si se tratara de una contienda donde se dirimiría un pretendido honor nacional. Las primeras protestas de los estadounidenses se debio a la ausencia de su bandera el día de la ceremonia inaugural, hecho que presumiblemente fue accidental y no intencional.
Luego, ante la descalificación de unos de sus atletas en los 400 metros, retiraron a los restantes, con lo que el inglés Halswell debió correr solo la final de esa prueba. También hubo gran malestar por los gritos de aliento excesivamente triunfalistas de los norteamericanos que llenaban el estadio, disgustando en particular al rey Eduardo, y mereciendo por parte de Pierre de Coubertin la calificación de “bárbaros”.
A su regreso a U.S.A., en los grandes festejos que se les tributaron en Nueva York, no tuvieron mejor idea que pasear por las calles con la alegoría del león británico encadenado, con lo que desataron un sonado escándalo diplomático.
Todo esto forma parte de una historia que sucedió hace más de 100 años, olvidada como todas por la memoria colectiva, por lo que esperamos que nada empañará esta vez el espectáculo más grande del mundo.
Próximamente, nos referiremos a los segundos Juegos celebrados en Londres.
La Falda, Junio de 2012
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