11.7.12

LOS JUEGOS OLIMPICOS DE LA SEGUNDA POST-GUERRA: LONDRES 1948

Espacio editorial del Mgter. Lic. Alberto Moro, director de Museo del Deporte "Pierre de Courbertin" (La Falda - Córdoba).

En su cuarta presentación:
LOS JUEGOS OLIMPICOS DE LA SEGUNDA POST-GUERRA:   LONDRES 1948




Informe Museo del Deporte “Pierre de Coubertin” en su 25º Aniversario – Año 2012
LOS JUEGOS OLIMPICOS DE LA SEGUNDA POST-GUERRA:
                                                                                                              LONDRES 1948
Por Alberto E. Moro

Es interesante aclarar que el significado del término “Olimpíada” como derivación del griego es el espacio de tiempo -4 años- entre un juego y otro, y por lo tanto no es equivalente a Juegos Olímpicos, error muy frecuente y aceptado en nuestro idioma. También es digno de destacarse que en la antigüedad helénica se respetaba La Tregua Sagrada impuesta por esa extraña y ya remota sociedad, frenándose toda contienda bélica entre las ciudades-estado de entonces mientras duraban los Juegos. Y la historia nos informa que los Juegos Olímpicos de la Antigüedad se celebraron durante 1.165 años con una sola interrupción debida a un incidente bélico. No ha sido así en los juegos de la Era Moderna, en los cuales, en poco más de 100 años, debió interrumpirse esa continuidad en tres oportunidades a causa de las denominadas Primera y Segunda Guerra Mundial.


Delfo Cabrera, Campeón Olímpico de la Maratón – Londres 1948

Así como en la Primera Guerra Mundial no se realizaron los juegos previstos para 1916; más adelante tampoco pudieron llevarse a cabo los Juegos de 1940 y 1944. Una catastrófica conflagración conocida como la Segunda Guerra Mundial, con cincuenta y cinco millones de muertos, las ciudades europeas reducidas a escombros, y una miseria galopante como lógica consecuencia, impidió los que correspondían a las  dos últimas fechas mencionadas.
A esta atávica irracionalidad característica de la especie humana, podríamos también agregar, en el mismo siglo, sendos boycotts por razones políticas de la llamada Guerra Fría, que quitaron brillo y universalidad a la extraordinaria empresa que es el olimpismo moderno, considerado por muchos el mayor y el más espectacular evento que se celebra en el mundo.
Pero no había pasado mucho tiempo de esto cuando, en 1948, la rubia Albión y el indomable león británico, alentados por el noble espíritu pro-deportivo del ya desaparecido Pierre de Coubertin, permitieron que su ciudad capital, aún sobre sus todavía humeantes ruinas metafóricamente hablando, albergara nuevamente los Juegos Olímpicos.
En Londres, por segunda vez sede de los Juegos, éstos fueron necesariamente austeros, y reflejaron los antagonismos ideológicos existentes entonces, naturales después de una contienda tan cruel como devastadora.
No participaron los grandes vencidos de la contienda: alemanes y japoneses, mientras que sí lo hizo Italia. La URSS, aún habiendo sido invitada, se negó a participar, aunque algunos de sus países lo hicieron a título individual soslayando las amenazas del poder central, pero -ya instalada la “cortina de hierro”- los países “del otro lado” fueron silbados por la concurrencia. Bulgaria y Rumania, a pesar de estar inscriptas, fueron retenidas por el cerco comunista, que impidió su participación.
Sin nuevas y grandes instalaciones construidas ex profeso, participaron poco más de cuatro mil cien deportistas pertenecientes a 59 naciones. No obstante todo lo sucedido y el horror de la contienda, la cantidad de adherentes al olimpismo seguía creciendo. Los atletas fueron alojados en carpas militares, y en el Hospital Militar de Richmond Park. Como concesión especial, se les adjudicó la ración alimentaria correspondiente a “trabajo pesado”. Los opulentos norteamericanos, maestros en el despilfarro y para envidia de todos los demás, llevaron para el consumo de su delegación, cinco mil biff-stecs, quince mil tabletas de chocolate, y una gran reserva de pan blanco.
En una ciudad brumosa, con lluvias intermitentes pero constantes, sin vistosos carteles ni ánimo para embanderarse, las “ganas de vivir”, fuerza vital de la especie en las postguerras a la que ya hemos hecho referencia, creó el milagro de los estadios repletos y el entusiasmo deportivo de siempre, como si nada hubiera pasado.
En estos Juegos hubo algunas conquistas interesantes para nuestro país sobre las cuales no cabía ser triunfalistas, como siempre hacen lo políticos interesados, debido a que los países de gran fortaleza deportiva acababan de salir de una guerra devastadora en la cual no había tiempo ni infraestructura para planificar entrenamiento alguno. No obstante, jamás le quitaríamos mérito al esfuerzo de nuestros deportistas, que raramente entrenan en condiciones óptimas, logrando sin embargo actuaciones sobresalientes.
La gran figura -desde la óptica argentina- de aquellos Juegos fue mi amigo Delfo Cabrera, triunfador en la prueba clásica de Maratón, con quien posteriormente compartiríamos muchas horas de trabajo docente en nuestras especialidades, en los Centros Deportivos Municipales de Parque Chacabuco y Parque Avellaneda de la Capital Federal. Delfo, nacido en la localidad de Armstrong (*) (Prov. de Santa Fe) por razones que no es del caso analizar aquí, no tuvo en Argentina la gloria, el prestigio y el reconocimiento que su extraordinario triunfo hubiera merecido, falleciendo trágicamente hace ya alrededor de tres décadas en un desgraciado accidente automovilístico.
Otras conquistas sobresalientes fueron las de Pascualito Pérez y Rafael Iglesias que obtuvieron también la Medalla de Oro en Box; Noemí Simonetto en Atletismo, Enrique Díaz Saenz Valiente en Tiro, y el equipo de Yachting, todos ellos con Medalla de Plata: y, finalmente, Mauro Cía, también Box, con la Medalla de Bronce.
En esos Juegos participaron 4.092 deportistas -entre los cuales 242 argentinos- representando en conjunto a 59 países.
Otras estrellas de estos Juegos fueron en el atletismo de pista la holandesa Fanny Blanckers Koen, madre de dos hijos y apodada por ello “La madre voladora”, y el obrero checo Emil Zatopek, que inicia su fulgurante carrera olímpica, lo que le valdría  en adelante el mote de “La locomotora humana”, capaz de ganar en unos mismos juegos los 5.000, los 10.000 y la Maratón, corriendo esas agotadoras pruebas con pocos días de diferencia entre una y otra.
“La mamita voladora” a su regreso a Amsterdam fue paseada en una carroza con cuatro caballos blancos, y la Federación holandesa le regaló un “tocadiscos”, haciéndole pagar el cincuenta por ciento. ¡Mezquindades europeas!
Argentina con la delegación más grande hasta ese momento, obtiene dos medallas de oro, tres de plata, y una de bronce. A diferencia de la madre voladora, a su regreso a Buenos Aires fueron premiados concreta y generosamente por un régimen  demagógico que hacía sus primeras armas, y que en lo sucesivo haría una costumbre del agasajo a los deportistas con obsequios que iban desde casas a motonetas adquiridos con los dineros públicos, utilizados con fines de propaganda política y de adoctrinamiento ideológico. ¡Generosidades sudamericanas!  
En los inminentes Juegos Olímpicos de 2012, Londres se convertirá en la primera ciudad del mundo en albergar tres veces este magno encuentro del deporte internacional que, como es sabido, se adjudica a una ciudad y no a un país con el difícil propósito de aventar los nefastos sentimientos nacionalistas que enfrentan innecesariamente a los pueblos.
La Falda, Julio de 2012

(*) Esta ciudad santafesina lleva los aros olímpicos en su escudo en homenaje a su
      triunfador olímpico.

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